Monólogo para microreatro: ‘Dos Luces de neón’

El alma y el cuerpo no deciden, se fragmentan, el alma y el cuerpo no responde, no siguen su curso natural, y aún así, tú te sientes responsable de todo.

Duele no saber donde estas, y que tú solución es estar clínicamente en otro planeta, duele verla ahí parada, llorando, y quedándose a mi lado cada vez que me voy del suyo. Es morena, aprendió a hablar mi idioma. Era mi Atlas cuando no podía con este plano existencial, sus ojos pardos eran mi mente atrapada en una bola de cristal.

No hubo bondad más buena en este planeta loco e insalubre, en esta bomba de hidrógeno apuntó de explotar.

La abandoné, a pesar de que antes de conocerla, mi cuerpo era desierto y árido, pero como he dicho, mi alma y mi mente, no deciden, aunque alguien pilotaba esa nave suicida.

La soledad no funcionaba, lo pernocta, la nicotina, ni el neon, ni Sodoma ni Gomorra, hasta que encontré a mi Judas. Su tamaño no era ni la mitad que su ego escondido en una sombra con gabardina bajo un manto de lluvia. Me acariciaba la cara con sus manos, yo sentía que en ese momento toda mi mente se reordenaba, pero solo era humo y ceniza.

Me compraba, me invitaba, mis venas se inundaban con la ponzoña y escupían alquitrán. Me alquiló el cielo y la luna, en una cola de ofertas de locales de periferia, me sentía única, una aguja en su pajar.

Los moretones se quitaban, y por cada herida, una bala en el alma de mi ángel de la guarda, la chica delgada y morena, con una mente, para mi, bella y perfecta.

Cargó conmigo, mi mente y mis adicciones a la espalda, daba miedo su fuerza de voluntad, y a mi hasta donde podía llegar. Me preguntaba que se doblegaría antes, si su corazón o mi maldad.

Pero él me amaba, podía cambiar, era mi caballero blanco, era mi diana, cuando en la tragaperra suena BAR. Sus ojos se tornaban negros, su cuerpo me retenía, sus manos me aprisionaban, yo lloraba y él se corría, yo inmóvil, él mi quimera y lo peor, que yo, le quería, y mi alma, le detestaba, mientras que a mi nariz llegaba el olor a whisky, a mi mente el de sus labios mientras mis dos manos apretaban su cabeza, con la más sutil fuerza que mi corazón podía dar a una persona.

Y si me mantenía en este plano, es porque ella no se rindió, y si me mantenía en pie, es porque mis golpes fueron a parar en su pecho, y si ella no se rinde, ¿donde me quedo yo? En sus manos donde está mi hogar?

¿En sus brazos donde me aprisiono?

¿O en mis pupilas negras y en mi cabeza destruida?

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