Relato: ‘El porche del anciano y Olivia’

El anciano se liaba un cigarrillo, lo único en lo que ya no le temblaban las manos mientras caminaba al atardecer con su compañera Olivia.

Olivia era buena compañera, era anciana y tenía parches en su pelo amarillo y blanco, pero no había nada más incondicional que Olivia, vieja y sabia, no sé le escapaba nada, y menos ese amor, le puso el nombre de su esposa fallecida, la adoptó después de que sucediera y le dio todo el amor que le quedaba después de todo.

El anciano era delgado, poco comía ya, pero disfrutaba paseando por los trigales con su camisa roja a cuadros y su peto con remendones hechos por su difunta mujer, recuerda cada vez que le reñía por hacerle alguna agujero, y más aún por ponerse cada día el mismo peto roto, pero el anciano sonreía acordándose de ella cada vez que lo sacaba del armario.

Cuando caía el cielo púrpura, se sentaba en su viejo porche de madera, una madera gris y desgastada, tablones puestos a manos, los únicos testigos de una vida larga, de una vida dura, y del único momento de descanso del día.

La gota de agua del hielo derretido recorría la lata de cerveza como el agua de rocío, mientras aquel viejo abría la lata con una mano, mantenía el cigarrillo en sus labios viejos y agrietados como ese mismo porche, y con la otra acariciaba a Olivia, que se tumbaba a sus pies, con la cabeza en estado de alerta, para observar a los pájaros que volvían a sus nidos cuando la noche llegaba.

Dicen que las personabas mueren cuando ya nada les queda en esta vida, pensaba cada noche, pero él era de los que creía que si aún vivimos, es que aún queda una gota de energía en nuestro pecho, esperanza, fe, continuar el trabajo de los que ya no están y amábamos, y nos amaban como nadie nunca haría, imposible de vivir dos veces, y por eso luchaba el anciano, por trabajar su tierra castigándose las manos cada día, por esa noche sentado en la silla que él mismo construyó, observando la vida que él y su mujer labraron, tomando una cerveza como agua divina, y acariciando a su perra de una forma tan suave y con tal cariño, que la paz y realización que sentía, que el esfuerzo de toda una vida, vivía en su corazón por su mujer, que marcharía en paz cuando fuera el momento, sin prisa, a pesar de que cambiaría cualquier momento de su vida actual, por estar solo un minuto al lado de su esposa.

Miguel Ángel Rebolledo.

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