Relato: ‘Agua tibia’

Jugaba en su bañera, sabía que no podía abandonarla, ni vaciarla. Pasiva.

El baño era pequeño, acogedor, por extraño que parezca, el suelo era de madera, de roble oscuro. En un banco frente a ella, una toalla de algodón, azul, suave, larga y gruesa, ligera.

La bañera era blanca, impoluta, el agua cristalina, dejaba ver todo su cuerpo. El pelo de la chica era rojizo, intenso, caía por la parte trasera empapado como las serpientes de Medusa. Sus ojos eran verdes, y cuando se sumergía en el agua, parecían dos esmeraldas perdidas de un tesoro arcano y ancestral.

Desconocía el tiempo que llevaba allí, desconocía el tiempo que le quedaba, solo escuchaba al día los sonidos de la bañera llenarse, y el sonido del aguan entre el sumidero cuando está rebosaba.

No se aburría, miraba fijamente a los azulejos de enfrente y a los mangos de temperatura.

Le gustaba el agua tibia, aunque cuando llenaba la bañera empezaba con agua caliente, hasta asentarse y luego encontrar el punto intermedio que llevaba años practicando.

Desconocía el aspecto de su cara, salvo lo que había logrado atisbar en el reflejo del metal de los grifos, fuera del agua había un espejo, precioso, iluminado con luces azules de distinto tono, pero no podía salir.

Cada noche se mecía en el agua, tocaba todo su cuerpo, se abrazaba a sí misma, se sumergía, se desvanecía entre pétalos blancos que flotaban en la superficie cristalina. El baño se teñía de un color zafiro, caía la oscuridad, y renacía al empezar un nuevo día.

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