Relato: ‘Muñeca Rusa’

Cruzaba el campo de batalla. Era pequeña, pero no tenía edad. Era rubia, pero el hollín y la suciedad cubría su pelo, y la nieve el brillo de sus ojos azules.

Llevaba un vestido blanco y azul, roído, negro, manchado de sangre.

El mortero, las balas y granadas volaban por el escenario; matanza y carnicería, el suelo blanco manchado de rojo.

Con cada explosión resonaba un pitido en su oído, hasta que cada vez iba oyendo menos y menos, y los gritos de los soldados heridos o desmembrados sonaban vacíos en su oído y la ciudad, balbuceaban y lloraban en ruso, pero caían en el vacío.

Nadie se inmutaba de su presencia; en su mano derecha llevaba arrastrando un osito de peluche, marrón, sin cabeza. Una bala lo alcanzó, ella se estremeció y lo soltó, pero continuó o pasó a su trayecto.

El olor a pólvora le tapaba las fosas nasales, obviaba el toque de fósforo y nieve derritiéndose por el calor que exhalaban los caños y lanzagranadas.

Una bala atravesó su brazo, luego una esquirla de metralla el pecho.

La sangre brotaba y manchaba su vestido. Una lágrima recorrió su rostro. Pero no se paraba, no se frenaba.

En aquel escenario cruel y sinsentido se paró el combate. Un cuerpo pequeño, inocente, se desplomó en el suelo. Todos se acercaron. La calle quedó muda. La matanza paraba, la guerra no cambia nunca.

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