Relato: ‘La noche que observó Edward Hopper’


Por la ventana entraba una luz, naranja, que se mezclaba con la oscuridad de la noche, un salón iluminado con una lámpara, cercano a un piano negro de marfil. Tocándolo con una sola mano, un hombre, joven, atractivo, rubio, con el pelo hacia atrás, pero despeinado, un traje negro, con la pajarera desabrochada y los primeros botones de la camisa desabrochados.

Con la mano izquierda toca con delicadeza pero lentitud el piano, con la derecha sujeta un cigarro del que apenas fuma. La ceniza se deshace y cae a la moqueta burdeos; al lado de donde sujeta el cigarro, una copa de whisky a la que si tiene más atendida, seco, sin hielo.

El joven toca, mientras mira desorientado un cuadro en la pared; es una réplica de un cuadro de flores de Monet, no recuerda nunca el nombre, solo la importancia emocional.

Detrás suya, mirando hacia él sentada de mala manera en una silla de madera oscura, una joven, taconea nerviosa el suelo con una pierna, mientras con la otra fuma como si el tiempo fuera más lento para ella en esa sala. Lleva un vestido rojo, antes de esta estampa, un peinado recogido, trenzado, pero ahora revuelto.

Unas lágrimas de hace unas horas han dejado unos surcos en su maquillaje cuidado, aunque solo la mitad de su rostro se ve iluminado por la tenue iluminación de la única lámpara del salón. Lleva un vestido rojo carmín, a juego con sus labios, que de cuando en cuando se rozan con una copa de cristal con ginebra dentro, bebe a buches, el ansía la come y la tranquilidad de su acompañante más aún.

En la calle no se oyen más que algunos coches pasar y el ruido de las putas y los borrachos en disonancia.

Un chico observa desde el balcón de enfrente, Paris se está apagando pero nunca duerme. El chico guarda una imagen mental de lo que ve, fuma tranquilo y expulsa humo y bao por la boca, los guantes desgastados los apoya en la barandilla y evita el contacto con la humedad.

Es una noche fría, es un fotógrafo, piensa en la soledad, en la distancia entre dos personas que no se sienten, por haber sentido demasiado horas atrás, reflexiona sobre la estupidez que es el enfado cuando el corazón está lleno, pero que si lo hay es que no lo está al completo, duda de sí mismo por si aún no es tan maduro para comprenderlo, pero si complace pensando que él ha disfrutado de su noche que está apunto de acabar, cuando la de sus vecinos aún va por el prólogo

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