Relato: ‘Igualdad en el agua’

La lluvia nos iguala a todos, nos limpia, nos condena, barre toda la suciedad de nuestra mente.

El cielo gris y el agua se extiende por todo el planeta, el frío cala hasta nuestros huesos, tiritamos a la vez pero de forma desentonada, desacompasada.

No es la muerte, que llega a todos por igual, no nos baja de condición a nadie, es la ropa empapada, el jersey de lana que pesa, los calcetines de algodón que suenan a cada paso, las botas que multiplican su peso, los zapatos que no entienden de tejidos, es la rabia y la belleza que observemos en las tormentas lo que nos acerca.

Riega nuestras tumbas, cae en la misma tierra, levanta el mismo olor a mojado, no llega al infierno, ni roza el cielo, se mantiene en esa estrecha línea y plano terrenal.

Es necesaria, vital y a la vez derriba vidas, edificios, ha arrasado ciudades, ha aniquilado pueblos, no llueve al gusto de todos, no se personifica de una sola forma, lleva una hoz y un ramo de flores.

Cansa los músculo, resiente los huesos, atraviesa el bao, se resbala por tu pelo como agua de rocío, y a la vez es fácil de atrapar y controlar, sin superpoder alguno, dominamos los elementos, los subyugamos, pero a pesar de eso, no somos conscientes de que somos meras piezas en su juego, en el círculo de la naturaleza, letal, veraz, implacable.

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