Relato: ‘Nuez’

Que curiosa es la forma que tiene una nuez.

Parecida al cerebro humano, pero con un color parecido al de la madera, una madera sin corcho pero rugosa aún.

Para ello hay que abrirla a la perfección, con la justa presión, fuerza y habilidad, sino, ese pequeño fruto seco, de los más grandes en realidad en su especie, se partirá y lo que sería una metáfora bella sobre el órgano humano de la cabeza, se asimilaría más a una mente fragmentada y atormentada por su pasado, digamos que nuestra torpeza sería a la nuez lo que la catarsis de un mal suceso a un trastorno mental, la torpeza, como el trastorno, ya estaba ahí, pero no nos damos cuenta hasta que la nuez se rompe, o hasta que experimentamos cambios en nuestra conducta o mente.

Nuestro cerebro de autodevora y nos da las respectivas órdenes para que cojamos esa nuez, inclinemos el brazo y codo hacia nuestra boca, introduzcamos el fruto encima de la lengua, movamos la mandíbula y mastiquemos, posteriormente los impulsos nerviosos que restan serán los que guíen a nuestros órganos para su introducción y digestión, siendo este el proceso por el que nuestro cerebro nos guía para devorar a la nuez.

Irónico y enrevesado, un tiempo que podríamos haber gastado en tomar otro fruto seco, leer media página de un buen libro o en echar de menos a alguien. Sin embargo nuestra inteligencia lo reduce al acto sencillo y cotidiano de masticar, a veces no por hambre sino por gula, un fruto seco, del que nuestra lengua se hará cargo de quitar los trozos sobrantes en nuestros dientes, pues no es chicloso, sino que se divide en metralla en forma de fragmentos con bastantes vitaminas y que aportan energía al cuerpo.

Demasiado lío, pensamiento, demasiado poético y estético, mucha verborrea y palabrería, para matizar, puntuar y aclarar, según a quien, el acto tan sencillo del pensamiento y la actuación, algo nimio, que cuando hacemos sin pensar y de forma instintiva, es una pérdida de tiempo, según el punto de vista, que si vamos sumando una tras una, podríamos haber ganado años en este planeta de más, pero nuestro cerebro vio mejor opción comerse algún que otro fruto seco.

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