Relato: ‘La Anciana y la Muerte’

La anciana estaba tumbada en su cama, a oscura pero con los párpados abiertos, su viaja perrita, una labradora ciega de un ojo, roncaba ligeramente a los pies de ella; fuera llovía.

Se acaba de levantar, le dolían los huesos por la edad, los escuchaba crujir por la noche. No veía nada por la oscuridad, pero olía el olor a café de la taza que su nieta le había dejado en la mesita para cuando se levantara, recién hecho, en una taza grande y de porcelana color blanco roto.

Fuera la lluvia era intensa, escuchaba cada gota golpear las tejas de la casa, sentía cómo recorrían su camino hasta llegar al canalillo, allí, junto a las ramas secas caídas del pino del patio, marchaban en fila como por un riachuelo, guiados por el metal de aquel tubo que llegaba hasta el suelo.

Era capaz de distinguir el azote del viento contra los rosales que, a pesar de estar acostumbrada, se preocupaba por el estado de los pétalos al acabar la tormenta.

Su oído era tan fino, y llevaba tantos años en aquella casa de piedra en un campo perdido de Asturias, que sabía cuando una gota terminaba su carrera contra el camino de piedras de la entrada, o cuando con el césped, cortado con mucho cuidado por su marido, que viendo la hora que era ya habría preparado el desayuno para todos, en exceso, como a él le gustaba, ver comer a la gente y solo darle dos sorbos a su té y cederle toda la comida a su nieta y a su mujer, mientras miraba como su familia devoraba la comida con una sonrisa enorme en el rostro.

Le relajaba el sonido del secador de su hija por las mañanas dos habitaciones más al fondo, después de ducharse, sabía que ella nunca jugaba con las sábanas, era estricta con su horario hasta en vacaciones, sonido que le hacía tener ganas de volver a dormir, pero sabía que sino luego le costaría más trabajo bajar.

Sus dos nietos pequeños ya habían salido fuera a chapotear en los charcos cuando dejaba de llover tan intensamente, aunque seguía chispeando pero habían heredado el gusto por el agua de su abuela. Añoraba su infancia aunque no era capaz de recordarla cuando les escuchaba reír, a veces se le escapaba una lágrima, sabía que su final estaba cerca esa mañana.

Su marido había subido a la habitación de su hija, a leerle un relato, para recuperar viejas costumbres, escrito por la anciana cuando aún publicaba libros; pequeños relatos descriptivos que a su hija le encantaban de pequeña, a pesar de ser muy profundos y a veces no entenderlos.

Esa mañana su cuerpo se deshacía, sin sufrimiento, sin dolor, felicidad, pasado, éxtasis, olor a lluvia antes de la muerte, dulce, amiga suya, parte también de su familia, no podía ser más dichosa; amaba su casa y la mano de la mujer sin rostro que la sacó de la cama aquella lluviosa mañana, con labios negros y una sonrisa de hermana, la llevó a los confines del universo, donde siempre estaría acompañada.

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